miércoles, 4 de febrero de 2015

QUE NOCHE LA DE ANOCHE

Tumbada aquí,
sobre mi cama, con el pensamiento fijo en tí. Con un enorme
deseo de agarrarte y apretarte fuertemente entre mis manos, todavía excitada con el recuerdo de la noche anterior.
En la noche cálida y sofocante, tengo incontenibles ganas de agarrarte y de decirte todo lo que siento. Tu recuerdo me tiene angustiada.
Apareciste… y desapareciste. Todo sucedió en esa noche y en esta cama.
Con fricción, te acercaste a mí. Sin mostrar pudor alguno, te pegaste a mi desnudo cuerpo.
Percibiendo mi indiferencia, te acercaste más y más…
Que noche la de anoche. . .
Mordías todo mi cuerpo…
Sin recatos…
Sin escrúpulos…
Me volviste loca.
No sabía qué hacer.
Por fin… me dormí.
Hoy, cuando desperté, te busqué desesperadamente.
En vano.
No te encontré.
Ya no estabas.
¡ Te habías ido ¡.
En toda la sábana, había muestras de lo sucedido la noche anterior.
En mi cuerpo dejaste huellas inolvidables.
Marcas profundas que tardarán mucho tiempo en sanar y que estarán mucho
tiempo presentes en mí. Esta noche me acostaré temprano y te esperaré.
Cuando llegues… no quiero imaginar lo que va a suceder… Me
abalanzaré sobre de tí con la fiereza de un león y rapidez de una cobra.
Y ya no te irás.
Ya no podrás escapar de mí.
Te apretujaré hasta sentir la sangre de tu cuerpo.
Sólo así podré descansar:

¡ Mosquito hijo de p !