jueves, 22 de septiembre de 2016

CUIDARNOS A NOSOTROS MISMOS

Cuando somos pequeños, tenemos por lo general unos padres que (como pueden) nos dan una serie de cuidados y nos mantienen. Llega un momento en nuestras vidas, sin embargo, que nos corresponde a nosotros dar ese paso y buscar nuestra manutención, es decir, emanciparnos.
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Sin embargo, deseo hacer la siguiente aclaración: así como la mayoría de la gente tiene claro que tiene que valerse económicamente por sí misma a partir de un determinado momento, muy diferente suele ser la cuestión en lo referente a las emociones y los afectos. Inconscientemente, solemos repetir los patrones que hemos heredado de nuestros progenitores y eso no siempre es bueno o adecuado ni para nosotros ni tampoco para el momento social correspondiente.
En una sociedad tan cambiante, sucede que a lo largo de la vida podemos tener varios empleos, varias parejas y, sobre todo, actitudes y valores que nuestros progenitores no entiendan fácilmente. Esto significa que tenemos que buscar en nosotros mismos, a partir de un determinado momento, lo que es bueno para nosotros en cada uno de los ámbitos que describo. De la misma manera, también tenemos que buscar nuestro propio camino a la hora de gestionar emociones y ver qué hábitos saludables pueden ser positivos para nosotros.

¿Por qué una persona repite en sus relaciones de pareja roles familiares o busca exactamente lo contrario? Bien, porque, de una forma u otra, esa historia familiar suya le está determinando su vida actual, y puede que ello le funcione pero también cabe la posibilidad de que no. ¿Por qué el hijo de un alcohólico se da a la bebida o bien es un abstemio radical? Justamente por la misma razón. La conclusión a la que quiero llegar, en definitiva, es que NOSOTROS TENEMOS QUE ESCRIBIR EL GUION DE NUESTRAS PROPIAS VIDAS Y, POR LO TANTO, SER RESPONSABLES DE GENERAR VÍNCULOS A PARTIR DE LO QUE QUEREMOS AQUÍ Y AHORA A PARTIR DE TODO NUESTRO BAGAJE EMOCIONAL, Y NO SOLO POR NUESTRA NIÑEZ.

LOS MIEDOS Y CÓMO AFRONTARLOS

A lo largo de nuestra vida, nos encontramos con situaciones que, en un principio, no sabemos cómo afrontar. No entendemos por qué, a pesar de poder racionalizar una situación, tenemos miedos que nos impiden avanzar y nos paralizan.

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Psicológicamente, esto se puede explicar a partir de traumas o emociones enquistadas en nuestro subconsciente, crisis existenciales o bien a la repetición de patrones de conducta del pasado que nuestra zona de confort quiere reproducir. En este sentido, el miedo es un aliado de la resistencia, aunque no tiene por qué ser exactamente lo mismo, pues éste suele ser consciente mientras que la resistencia, en principio, no lo suele ser.

El miedo suele ir acompañado de impotencia, pues la persona quiere superar esa situación pero se ve incapaz. 


También es importante diferenciar entre lo que son miedos naturales que surgen cuando nos enfrentamos a algo desconocido de lo que son miedos que nos están activando algo más profundo y que, curiosamente, pueden surgir cuando, de repente, sentimos reparo por algo que hemos estado haciendo con normalidad hasta un determinado momento (como estar en espacios cerrados).

Una técnica que puede ayudarnos a superar los miedos es enraizarnos en el aquí y ahora, notando cómo nuestros pies están sobre el suelo y calmándonos. Eso nos puede ayudar a pasar miedos que, en muchas ocasiones, solo son momentáneos. La meditación también es una técnica que puede ayudar al respecto, pues al fijar la atención plena en un punto evitamos dispersarnos y no permitimos que ese sentimiento nos domine. Otra técnica que puede ayudar es inspirar, retener el aire en el abdomen e ir soltándolo poco a poco, con lo que relajaremos el cuerpo.


También es aconsejable que, en la medida de lo posible, ese miedo no nos impida realizar nuestras actividades con normalidad, de manera que el impacto que pueda tener ello en nuestra estabilidad psíquica sea limitado. Una máxima del desarrollo personal es que lo que resistes, persiste.


En terapia se puede localizar este miedo, su causa original y trabajar para sanar la emoción que lo ha causado.